Cuento de los ashanti, pueblo africano
La sabiduría de
todos
Nyame, el Dios del Cielo, le entregó a
Anansi una olla con toda la sabiduría del mundo y con instrucciones muy
precisas: tenía que repartirla equitativamente entre todos los hombres. En la
olla estaba realmente todo lo que podían necesitar . Cómo convertir la leche en
cuajada y cómo llevarse bien con los vecinos, qué armas usar en la guerra y
cuáles eran los ritos para atraerse la voluntad de los dioses, las palabras
adecuadas para saludar a un jefe y la destreza para tejer con fibra de palma.
Consejos, habilidades, conocimientos.
Pero Anansi no tenía ganas de compartir
semejante tesoro y quiso guardárselo todo para él. Para esconderlo mejor,
decidió subir la olla a lo alto de un gran árbol, el más alto de la selva. Era
dificilísimo trepar cargando una enorme olla que le pesaba y le estorbaba el
brazo.
Su hijo Intikuma lo vio luchando por
trepar lo más alto posible y se quedó mirándolo con asombro.
-Padre- le dijo después de un rato-, no
podrías trepar mucho más cómodo si te cargas esa olla a la espalda.
Cuando escuchó ese consejo tan sensato,
rugió de rabia.
-¿Cómo es posible? ¡Un muchachito sabe más
que yo, que tengo la olla de la sabiduría! ¿Para qué me sirve todo esto?
Y en un ataque de furia , arrojó la olla
de la sabiduría al piso. Estaba ya bastante alto. La olla se estrelló con
estruendo y trozos de sabiduría volaron en todas direcciones. Imposible volver
a reunirla. Durante mucho tiempo la gente encontró restos de sabiduría esparcida
por aquí y por allá, en la tierra, sobre las hojas, en los hongos y las lianas
o mezclada con el agua del río. Y por supuesto, los recogían y se los llevaban
a sus casas.
Es por eso que hoy no existe ningún hombre en el mundo que sea dueño de toda la
sabiduría. Todo el mundo tiene un poco y cuando la gente se encuentra a
conversar y a cambiar ideas, comparten los unos con los otros el pedacito que
les tocó.
En casi todas las culturas arcaicas hay un
tiempo mítico en el que se decidieron las características del mundo tal como lo
conocemos hoy. En ese tiempo, los animales tenían forma humana. Así, Anansi,
protagonista de tantos cuentos y leyendas de la etnia ashanti-akan, es hombre y
es araña al mismo tiempo. En este cuento, su codicia no alcanza a evitar la
sana intención de Nyame, el Creador: que la sabiduría sea compartida entre
todos los hombres.
SHUA, ANA MARíA
El libro del
ingenio y la sabiduría
Buenos Aires,
Alfaguara, 2003
pp337-338
Las primeras preguntas que se me ocurren,: ¿Por qué Dios quiso
que la sabiduría estuviera repartida entre todos los hombres?
¿Por qué no la reunía una especie de semi-dios que la trasmitiera de generación en generación y la conservara incólume, clara , impoluta?
¿Por qué no la reunía una especie de semi-dios que la trasmitiera de generación en generación y la conservara incólume, clara , impoluta?
¿Será que la sabiduría no es siempre clara , inalterable?
¿Será que es un devenir y no un ser, será que en el diálogo y en el círculo la sabiduría adquiere otra cualidad que ningún hombre, por más que reúna todas las virtudes posibles de cultivar y poseer, podría darle?
¿Será que es un devenir y no un ser, será que en el diálogo y en el círculo la sabiduría adquiere otra cualidad que ningún hombre, por más que reúna todas las virtudes posibles de cultivar y poseer, podría darle?
¿Será que algo sucede en el puente sagrado desde el yo al
tú?
En ese hiato en el cual el hombre no deja de ser yo pero trasciende su egoidad y se encuentra con el tú sin extinguirse, para dar lugar a un nosotros creador .
En ese hiato en el cual el hombre no deja de ser yo pero trasciende su egoidad y se encuentra con el tú sin extinguirse, para dar lugar a un nosotros creador .
Lo segundo que se me ocurre es : ¿Por qué
necesitamos ser los dueños del saber, o que alguien lo sea? Alguien a quien
defendemos a ultranza y al que le otorgamos la exclusividad de la sabiduría.
Hace un tiempo se me ocurrió una frase que me ha acompañado
mucho y me ha ayudado en muchas ocasiones.
Nadie tiene nunca toda la razón y todos tenemos siempre
un trocito de verdad.
Pensemos en todas las discusiones y conflictos que nos toca
vivir en el día a día (que es después de todo, la verdadera realidad que
construimos) y observemos en nosotros (no en los demás) cuanta energía se va en
demostrar que tenemos razón y el otro no. Cuántas veces le relatamos un
problema a alguien supuestamente buscando consejo cuando solo queremos que nos
reafirme que somos nosotros los que estamos en lo cierto y que es el otro el que está totalmente equivocado.
Si soltáramos ese afán nos encontraríamos en el proceso de
saber que nadie tiene razón, sino que cada uno tiene un pedacito de la olla de
Anansi y que para recuperar aquella sabiduría, hay que sentarse en círculo y
dialogar , abiertos y conectados.
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